Nota en La Nación: "El peligro de "empoderar" a los fanáticos"

Para la realización de esta nota fui entrevistado por la periodista Laura Marajofsky y salió publicada el 18 de septioembre en el suplemento Ideas del diario La Nación


El peligro de "empoderar" a los fanáticos

NO SOY YO, SOS VOS.

Presiones para definir el rumbo de una historia, acoso vía redes, campañas contra guionistas y productores: en la nueva era de la queja, el público puede ser un problema

Acosos vía Twitter a tal punto que obligan a cerrar cuentas o abandonar la red, hatemail, sitios malintencionados, videos virales y hasta campañas organizadas por los fanáticos para hacer oír sus demandas: bienvenidos a la nueva era de la queja, en la que cada espectador siente que tiene algo para decir. Empoderado por un cambio en las dinámicas de consumo y los roles tradicionales de productor/consumidor, redes sociales mediante, el fan promedio puede significar un dolor de cabeza a la industria y a los productores culturales.

A la vista de algunos casos recientes, el llamado "fan entitlement" podría estar llegando demasiado lejos.Desde casos como el de George R. R. Martin, autor de Juego de tronos, que viene recibiendo amenazas y es acosado sistemáticamente por parte de sus fans para que termine la saga (cuando dilató demasiado la entrega de un tomo, muchos empezaron a acecharlo y a controlar cómo usaba su tiempo cuando no escribía), hasta casos más recientes como el del director Joss Whedon, que al armar un romance entre dos personajes en Los Vengadores: La era de Ultrón hizo enloquecer al público más ortodoxo. Los mensajes en foros y en Twitter proliferaron y el ataque se volvió tan virulento que Whedon decidió cerrar su cuenta, si bien cuando reapareció en la Comic Con 2016 aclaró que no había sido sólo por ese ataque puntual. "Me gustaría sostener siempre un diálogo con la audiencia, pero al mismo tiempo no podés crear en comité", dijo, y tocó un punto crucial: la injerencia creativa que los fans actuales creen que deberían tener sobre un producto y las implicancias para los autores.

Algo similar expresó el escritor y creador inglés de historietas Neil Gaiman, que en 2008 fue uno de los que salió a defender la ética de trabajo de Martin: "Los fans todavía demandan y hacen que las cosas pasen, y en general eso es genial. Pero puede volverse raro cuando la gente siente que porque miró una serie o compró un libro vos les debés algo".
Foto: Guido Ferro

Para Hernán Khatchadourian, guionista, especialista en cine, TV y cómics y redactor del sitio Comiqueando, todo comenzó hace diez años con la película Terror a bordo (Snakes on a Plane), hasta llegar a las series actuales, en las que éxitos como Stranger Things son producidos casi logarítmicamente, al tener en cuenta las preferencias de los espectadores de Netflix.

"Terror a bordo fue el punto de partida de un experimento por medio del cual los fanáticos del actor Samuel L. Jackson aportaron sus propias ideas para la producción, hecho que originó que New Line Cinema agregara cinco días más de filmación, a meses de haber terminado el trabajo -dice Khatchadourian-. Ése fue el principio del fin para la independencia creativa de los directores de cine, que a partir de ese momento pasaron a ser en muchas ocasiones simples voceros de los fanáticos de tal o cual franquicia literaria, algo que se ratificó tras sonoros fracasos como Superman regresa o Hulk. Y así como ocurre con los superhéroes, ya hay producciones que se manejan al ritmo de lo que les ?ordenan' sus seguidores y construyen la trama ?a pedido'. Tal es el caso de Sleepy Hollow, una serie basada en el clásico cuento de Washington Irving."

Creación en comité

Un cambio de paradigma en el vínculo entre consumidores y productores dispara preguntas respecto de cómo influye la opinión de los fans en los productos y si es conveniente pensar en una lógica de producción orientada a satisfacer los deseos del espectador. ¿Quién debería tener derecho de veto en el desarrollo de un proyecto: los que lo idearon o los que pagaron para mantenerlo y lo consumen? Una visión utilitaria sobre el arte o la creatividad podría llevar a responder que los segundos, sobre todo si se observan las expectativas de cuasi clientes que tiene gran parte de la audiencia hoy.

El fenómeno se cataliza con el ciclo de 24 horas de las redes sociales: si la reacción del público antes llegaba en forma de una carta de lectores de una revista, hoy el llamado backlash (reacción negativa) es inmediato y puede arruinar completamente una producción antes de que ésta pueda desarrollarse, cuenta Fiorela Sargenti, editora de La Cosa, conductora de Mirá de quién te burlaste y columnista de cine en Basta de todo."Esa intromisión no les da tiempo a los realizadores de hacer crecer nada, porque ya estamos nosotros metidos, opinándoles en la nuca, sobre algo que quizás todavía ni filmaron. El vínculo pasó a ser enfermizo. Es irónico como los sectores del fandom, que siempre hicieron bandera de haber sido relegados y molestados, ahora terminan haciendo bullying, como portadores de un derecho ridículo e inmaduro que no les dio nadie."

Sin embargo, no sólo el cine interactúa con el público a través de las redes sociales. Productores, guionistas e inclusive actores buscan la opinión del fanático para saber si van bien encaminados. "Los responsables de las series Arrow y Flash, de DC Comics/Warner bucean en los foros y se camuflan en Twitter para conocer qué les pareció a los televidentes el último episodio", detalla Khatchadourian.

Dominar el equilibrio de cuándo escuchar y cuándo apagar el ruido constante puede volverse una tarea realmente compleja. "Uno puede expresar sus opiniones, pero en este momento nos hemos vuelto culturalmente adictos a la indignación. Necesitamos volvernos más adictos a la conversación", señala Chris Hardwick, el conductor del programa de TV Talking Dead sobre la serie The Walking Dead y creador del sitio Nerdist.

¿De qué se quejan o qué cosas reclaman los fans? Muchas campañas online piden cambios en las sexualidad u origen étnico de los personajes populares para hacerlos más representativos o inclusivos, como por ejemplo hacer gay a Capitán America, darles a personajes de Disney una etnia diferente (negra o latina), o que haya más mujeres en roles principales. Y sin embargo, irónicamente, cuando la industria saturada por los pedidos -o tal vez en un guiño hacia cierta corrección política- realiza tales cambios, las quejas llueven de todos modos. Esto fue lo que sucedió cuando se anunció que las protagonistas de la nueva versión de Loscazafantasmas serían mujeres, lo que generó tal furia que la película ya contaba con cientos de fans indignados antes de su estreno (según The Hollywood Reporter es el tráiler más criticado de la historia de YouTube). Pero no sólo eso: en las semanas siguientes una de las actrices, Leslie Jones, se vio obligada a abandonar Twitter debido a los comentarios violentos y racistas.

Quizá se haga necesario distinguir entre las demandas más o menos razonables de un espectador promedio que respeta ciertos códigos de civilidad en el ciberespacio de las exigencias o los comentarios de una persona con intenciones maliciosas, que pueden llegar incluso a las amenazas de violencia física. Pero ¿cuándo un fan acérrimo puede llegar a convertirse en un trol? Otro territorio de arenas movedizas. Si bien el sentido común indica que hay límites que no se traspasan, situaciones actuales como la de Normani Kordei, del grupo Fifth Harmony, en donde los mensajes de odio provinieron del propio grupo de fans del conjunto musical, pueden dejar perplejo al analista más cuidadoso.

El fandom, un mundo ya de por sí caracterizado por gente que sostiene un fanatismo con niveles de intensidad altos, puede volverse un territorio fértil para los trols. Sin ir más lejos, en la revista Time, que acaba de dedicar su tapa al modo en que los trols están arruinando la Web, se habla de esta nueva modalidad de bullying hacia los artistas.
Del creador al consumidor

Otro fenómeno que contribuye a hacer que el "derecho del fan" se haya legitimado tanto es cómo funcionan hoy los sistemas de producción y distribución de obras, en el sentido de que una audiencia más (pro)activa hace que desde distintos ámbitos, por ejemplo el editorial, los fans ya desarrollen un contacto directo con los sellos. Esto se puede ver sobre todo en el ámbito de la literatura juvenil con el furor del YA (Young Adult Literature), y con otra circunstancia bien de época: el fan fiction. La interacción con los fanáticos es tan importante para los estudios de cine y TV que se organizan chats en vivo con los elencos de los films más importantes, para demostrar el interés que les suscita su opinión.

Si el juego pasa por salir a buscar al público y alimentar ese nicho específico, es razonable pensar que las grandes y pequeñas corporaciones van a escuchar lo que los fans tienen para decir. En simultáneo, cuando del creador al consumidor la distancia se acorta cada vez más, sobre todo ahora que los propios fans se ponen a crear y escribir sus historias basadas o inspiradas en los personajes de sus sagas favoritas, estar al tanto de lo que la audiencia dice o hace puede ser una decisión comercial inteligente para encontrar al nuevo Martin o la nueva Stephenie Meyer.

Una vuelta de tuerca que termina por llevar las cosas a un terreno muy personal, para los espectadores al menos, es la retromanía. Creadores y especialistas en el tema plantean que el sentido de "propiedad" que los fanáticos y público general se adjudican sobre las historias tiene que ver con la conexión de éstas con momentos importantes de sus vidas, como su infancia o adolescencia. Unos lugares comunes del repertorio de la queja online suelen ser precisamente "han arruinado mi infancia" o "cómo se atreven a cambiar el rumbo de tal historia o tal personaje". Por supuesto que esto deja poco o nada de lugar a la posibilidad de reinterpretar algo o adaptarlo para las nuevas generaciones, y es por eso que muchas remakes son recibidas con sospecha, en el mejor de los casos.

¿Colabora este contexto en el que hay que rendir cuentas todo el tiempo con una mayor consistencia o calidad final o a veces resulta contraproducente para la obra? Sargenti explica que hay compañías que manejan el feedback mejor que otras. "Victoria Alonso, argentina con un puesto muy importante en Marvel, dice que ellos escuchan mucho al fan, porque el fan conoce muchísimo a los personajes, pero siempre que sean comentarios y aportes lógicos. Pero también se comenta que la edición final de Escuadrón suicida quedó en manos de la empresa que editó el primer tráiler por la buena repercusión que tuvo."

Respecto del cuestionamiento más profundo sobre la utilidad o trascendencia del aporte del fan, Sargenti se postula más escéptica: "Honestamente, no creo que todo el tema de las reacciones online esté colaborando de manera positiva. Hay algo psiquiátrico en creerte dueño de una historia ajena, de un producto ajeno, y sentirse con la potestad de marcarle el camino al autor. Somos nenes malcriados y en vez de ponernos en penitencia nos están dando helado y caramelos. Podría ser valiosa la relación, pero hoy casi siempre es venenosa".

Por su parte, Luis de Lorenzo, uno de los creadores del sitio cinéfilo A sala llena, sigue en tono similar. "Desearía que no existiera esa interrelación. Cuando a un director se le encarga un determinado proyecto, sería ideal que se convierta en propio, que tenga su visión y no la de un productor o la de un fan. Creo fervientemente en la independencia del autor, así como también en que no es el mismo lenguaje el de una historieta, una novela y su traslación cinematográfica. Por otro lado, las mejores experiencias cinematográficas que he tenido resultan de ir a ver un film desconociendo todo sobre él y entregarme por completo a una experiencia despojada de todo tipo de influencia o conocimiento."

Cada vez más críticos y outsiders de la industria se plantean las desventajas de que las empresas le den al fanático todo lo que espera, muchas veces en detrimento de la lógica interna de una historia. "A veces se desviven por meter el guiño, la referencia, apelar a la nostalgia o las teorías online y se nota forzado. Hubo un poco de eso en la última temporada de Game of Thrones y se ve todo el tiempo en estas remakes/secuelas/reboots que hoy abundan", advierte Sargento.

En un momento tan saturado por la veta nostálgica y la búsqueda de familiaridad, el feedback puede no colaborar con la creación libre, mucho menos con la innovación. ¿Habrá alguna forma de desafiar a las audiencias sin alienarlas? Probablemente la respuesta dependa tanto de los creadores como del público, en la medida en que dejemos de consumir aquellas cosas de las que después nos quejamos.
 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crítica | Mi Villano Favorito 3: el viejo truco del hermano gemelo

Crítica | El Planeta de los Simios: La Guerra