Crítica | La La Land, una historia de amor: ver para creer



La película revelación de las nominaciones al Oscar se gana al espectador con una historia de sueños y musicales a la vieja usanza, pero no innova mucho en el tema.


A veces la innovación y la originalidad no son las cualidades más destacables para que los miembros de la academia de Hollywood llenen de nominaciones a una película. Pero, olvidémonos por un momento de la desorbitada cantidad de pases a la gran fiesta del cine norteamericano que consiguió La La Land (14 por si no se enteró) y hagamos de cuenta que estamos a comienzos de diciembre del 2016, cuando esta película de Damien Chazelle llegó a los cines de Estados Unidos.
La La Land tiene como principal atractivo a la pareja protagónica de Ryan Gosling y Emma Stone, que ya han trabajado juntos con anterioridad en “Loco y Estúpido Amor” y en “Fuerza Antigángster” y que tiene una muy buena química en pantalla. Ella compone a una actriz que trabaja en una cafetería de Hollywood y aprovecha el lugar para participar de todos los castings que pueda con el fin de hacerse de un nombre en el negocio de las películas.
Gosling es un pianista de jazz un tanto frustrado que toca en bares por la noche con el sueño de comprarse un club que solía brindar espectáculos de ese ritmo pero ahora ha caído en desgracia.
Ambos se conocen una fiesta y comienzan una relación que marcará sus vidas y sus carreras a futuro, aunque al principio no le pongan muchas fichas.
Todo esto ocurre en medio de números musicales a la vieja usanza, de esos que solían movilizar emociones cincuenta o sesenta años atrás, y muy diferente del concepto que tienen de ese género las generaciones actuales, que lo asocian con películas basadas en “Evita” o “Los Miserables”, por citar algunos ejemplos.
Los números de La La Land son divertidos y joviales, y aunque sus protagonistas no sepan ni bailar ni cantar (Gosling se esfuerza en más de una escena para tratar de seguir la coreografía y el director, posiblemente resignado, no se las hace repetir y las deja así nomás), el punto no va por ese lado y la cosa sigue como si nada.
Todo lo anterior, que es una suerte de explicación para el público moderno, no cuenta para los que ya tienen algunos años y conocen a films icónicos del género como “Cantando bajo la Lluvia”, “La Novicia Rebelde”, “Nace una Estrella” y “New York New York”. En ese caso, la película cobra otra dimensión y se convierte en un culto a la nostalgia y a la melancolía debido a que la ciudad de los sueños ya no produce este tipo de productos y si en cambio se ha desviado hacia el lado de la acción, el sexo y los superhéroes en busca de más y más dólares. No está mal pero no hay que desterrar a aquello que nos ha hecho bien en algún momento, y Chazelle lo entiende y lo demuestra a lo largo de 128 bien llevados minutos.
A diferencia de ese globo inflado que fue “Whiplash: Música y Obsesión” que nos dejó implantado en varias películas a esa mentira que es Miles Teller como actor, esta La La Land sí se ha construido sobre buenas bases y por eso el público la ha amado desde un primer comienzo otorgándole su visto bueno con una abundante concurrencia a las salas de cines.
Ahora, si usted me pregunta qué pienso yo sobre el récord de nominaciones al Oscar… le diría que el Hollywood de hoy en día está muy sobrevalorado, y el cine de Chazelle, ni le cuento.
Ficha técnica
País: Estados Unidos (2016)
Guión y dirección: Damien Chazelle.
Fotografía: Linus Sandgren.
Edición: Tom Cross.
Música: Justin Hurtwitz.
Intérpretes: Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemarie DeWitt.
Distribuidora: Alfa Films. 128 min. ATP.
Calificación: para bailar y cantar (7)

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